jueves, 7 de febrero de 2008

La chica de la estación

(Ebriedades)

Este año, las compras de los Reyes Magos las hice el mismo día cinco de enero por la tarde. Nunca había dejado las compras de Reyes para el último día, supongo que cada vez soy peor persona.

Cuando terminé, fui a la estación para coger el último autobús que iba a mi pueblo. A esas horas, hay pocas personas en los andenes esperando. Una de ellas era una chica que atrajo mi atención sin saber por qué, quizás por el hecho de que era sudamericana. No era precisamente guapa y estaba rellenita, pero a mí me seguía llamando la atención (de hecho, he de confesar que me gustan las mujeres rellenitas): la chica transmitía un extraño aura. De vez en cuando la miraba de reojo (estoy seguro de que se dio cuenta), hasta que descubrí qué era lo que captaba tanto mi atención: la chica estaba lagrimeando. Cuando me percaté, algo dentro de mí se encogió; ella lloraba en silencio, sus ojos estaban húmedos, contenía las lágrimas pero por las mejillas se dibujaba un hilillo brillante. No pude evitar sentir compasión por ella, hace un momento había visto gente derrochando dinero comprando regalos, las calles del centro atiborradas de gente expectante por la cabalgata… no esperaba encontrarme ese día con la otra cara de la moneda.

Empecé a mirarla todavía más, de soslayo, aunque a veces no era capaz de evitarlo y la miraba casi descaradamente. Enseguida imaginé los problemas típicos de una inmigrante, creyendo que podía ser el caso de esa pobre chica que estaba llorando la víspera de un día de Reyes. Mi autobús llegó, y como no hizo ademán alguno de subir intuí que estaba esperando otro. Estaba a punto de ponerme en la cola, de cinco o seis personas, cuando ella me habló.


“Perdona, ¿sabes si este autobús va a Alhaurín?”.

Me quedé un segundo inmóvil. No sé si por el hecho de que para nada me hubiera imaginado que me dirigiría palabra alguna, o tal vez porque su voz tenía tal dulzura que tampoco me hubiera imaginado que hablara así. Con su frase salió a relucir su melodioso acento latino, aunque no sabría decir a qué región pertenecía. Le respondí prácticamente enseguida, esperando que no se diera cuenta de cómo me había sorprendido que me hubiese hablado. Mi respuesta, por desgracia, no le solucionó la vida: le dije que mi autobús no iba a Alhaurín, ella volvió a preguntarme si sabía dónde se tomaba, y yo creía que en el andén en el que estaba ella en ese momento. Pero ante mi inseguridad, le recomendé que fuera a las ventanillas a preguntar. Sin embargo, cuando le dije esto último, ella miró hacia el interior del recinto con una expresión tal que supe enseguida que no iría a preguntar nada. Me despedí, y cuando lo hice me di cuenta de que mi última palabra sonó demasiado fría. No se lo dije, pero a esa hora era probable que ya no hubiera más autobuses.

Ya en mi asiento vi cómo ella se había sentado en el suelo y abrí mi libro de Memorias de una geisha por la página por la que iba: justo cuando la pobre Sayuri, todavía niña, se encuentra por primera vez con el Presidente y la ayuda a enjugarse las lágrimas, reanimándola por completo.

Cuando volví a mi casa consulté el horario de los autobuses. Si alguien en Málaga te dice que va a Alhaurín puede ir a dos sitios distintos: Alhaurín el Grande o Alhaurín de la Torre. Para uno no había más autobuses a aquella hora, para el otro quedaba el último por salir.

3 comentarios:

Insanity dijo...

Recomenzaste tu lectura en una parte inolvidable de esa gran obra, Sr.Chow. Leer y oír la banda sonora de la película Mem. de una G. es una sensación indescriptible.
Asocias las cosas de manera conmovente; eres especial, cantautor-no-mudo.
Gracias por compartir tanto de ti.
Un abrazo
In.

Elendaewen dijo...

Sayuri no sabe cuán importante ha sido ese momento. Sigue leyendo.
Y mantén ese corazón a punto, como siempre =)

Saludos.

Anónimo dijo...

en ese mundo que son las ensoñaciones, seguro que la habrías salvado, llevándola contigo. pero nunca sabrás que pasó con ella esa noche. así de duro es...