(Ebriedades)
Es la historia de amor de Wall-e y Eva. Un amor que retorna a los inicios del cine mudo chaplinesco, que pasa por la etapa de oro musical, por el romanticismo woodyniano para alcanzar la cima en un universo de estrellas y ciencia ficción. Esta historia de amor logra algo que sólo los grandes pueden hacer bien del todo: volver al pasado desde el futuro. Es una película que me recuerda de dónde viene el cine y de cómo me enamoré de ese arte.
Andrew Stanton, el director de la película, declaró que Wall-e es como una mezcla de Charlot y de Woody Allen, “sus movimientos son torpes como los de Charlot y es un romántico desesperado como Woody Allen”.
Y con todo esto, se me pasan por la cabeza tres puntos:
- Que hay gente que dice que soy muy “chaplinesco”.
- Que hay otros (entre los que se encuentran algunos del primer punto) que me comparan con Woody Allen (y no precisamente por su inteligencia).
- Y que un par de seres allegados no han tardado en compararme con Wall-e.
Es una estupidez, lo sé, pero es una memez que me hace partícipe de ese romance, de esa sensación especial que se tiene de pequeño cuando te comparan con alguien excepcional al que adoras. Y sin saber muy bien cómo, allí estoy en medio de ese ciclo a lo largo de la historia del cine, en medio del precioso idilio de Wall-e y Eva, con los estropicios que toda esa montaña de fantasía cúbica puede transvasar a la vida real.
